Lo que oigo los días que cazo una liendre
La gente suele achacarlo todo a que está loca. Cualquier acto que rompa con la cotidianidad es estar loco para ellos. A un «Nena, ¿por qué metes los platos sucios en el barreño de la ropa?» podría seguir perfectamente un «Ay, chica, estoy loca», tras las convenientes carcajadas. Vamos a ver: si metes los platos sucios donde la ropa sucia, no estás loca, eres gilipollas. Porque, además, si haces eso, cuando tu hermano pequeño vaya a buscar los euros que siempre caen de los pantalones, se encontrará un guisante fofo.
Esta sociedad, si se caracteriza por algo, es precisamente por asumir la locura como rasgo inherente al consumismo y la mentalidad gregaria (beeeeee...). Cuando existía la Inquisición, al mínimo asomo de locura (o si eras pelirroja), a la hoguera. En la Guerra Civil, además de que también valía ser un «rojo», se cambió por el paredón... así hasta hace bien poco.
Ahora llega el puto Efecto 2000 y todos como una cabra, pero claro, es lo que toca. Y yo, que soy de Valencia, estos días, que bien podría decirse que vivo en Bagdad, lo tengo mucho más cerca. Porque mi ciudad mola. Porque aquí, locos, «pa locos», todos. Porque aquí llevas un libro en la mano por la calle y al minuto suena el teléfono de alguna comisaría: el loco está suelto.
Con este panorama, lo único que apetece es quedarse en casa, lo más aislado posible (o, como diría una buena amiga, «autista»), acumular mierda hasta parecer mi televisión cuando no hay señal, y dar por casualidad con un vídeo de esa canción que algún día fue tu favorita. Y decidir que, definitivamente, sería la canción que escucharías antes de morir. Y acharcarlo, claro, a que estoy loco.









